|
Del Talento Individual al Talento
en Equipo:
Transformación del equipo de Dirección
Autora: Beatriz Valderrama
Publicado en: Training & Development - Julio 2003

Nos cuenta Jerry Harvey en La
paradoja de Abilene una divertida
historia de cómo su familia acabó yendo
donde nadie quería ir. Se fueron a Abilene, a
70 kilómetros, en mitad de una tormenta de arena,
en un coche sin aire acondicionado, a tomar una cena
de ínfima calidad. Y todo, por no atreverse cada
uno a decir lo que pensaba, por miedo a molestar al
otro o ir contracorriente.
La incapacidad de mostrar el acuerdo, cuanto más
el desacuerdo,
es una barrera importante para la toma de decisiones
y el aprendizaje de la organización. Hoy en día
la complejidad de las decisiones que hay que tomar en
las empresas hace que sea indispensable contar con equipos
directivos no sólo cohesionados sino inteligentes.
“¿Cómo puede
un equipo de personas talentosas con cociente intelectual
de 120 tener un cociente intelectual colectivo de 63?”,
se pregunta Peter Senge, en La Quinta Disciplina
Pues es una paradoja que se da con
mucha frecuencia en los grupos en todos los niveles
de la organización, pero es más preocupante
en los Comités de Dirección, porque impiden
el avance y llevan a tomar decisiones equivocadas y
mantenerse en el error, con consecuencias muchas veces
fatales para la empresa.
La inteligencia
de los equipos depende de que puedan
pensar conjuntamente sobre los problemas. Para ello
es necesario que las personas aporten la información
de que disponen. La información incluye tanto
los hechos como las percepciones y preferencias personales.
Si las personas no dicen la verdad, si no hablan, si
hablan con “tapujos”, si dicen lo que se
quiere oir, no se identificarán los verdaderos
problemas. Estarán dando vueltas y vueltas, bordeando
los temas “tabú”.
En consecuencia se pondrán soluciones
para problemas hipotéticos, verosímiles,
más aceptables, pero no reales. Estas soluciones
en el mejor de los casos serán inocuas, cuando
no verdaderamente contraproducentes.
¿Cómo se explica que
con demasiada frecuencia se describa el clima de los
Comités de Dirección como “ambiente
de tanatorio”?. Nuestro genial Quevedo nos da
una clave certera:
“¿No ha de haber
un espíritu valiente? ¿Siempre se ha de
“sentir” lo que se dice? ¿Nunca se
ha de decir lo que se siente? “
Si los miembros del equipo sienten
que si dicen lo que piensan, lo van a “sentir”,
es decir, van a quedar mal o tener represalias, enmudecerán
y todos acabaremos yendo
donde ninguno quería ir.
Los problemas
“inaceptables”, que no pueden
expresarse en público, son la incompetencia (propia,
de compañeros, del jefe), rivalidades, celos,
animadversiones, intereses personales, luchas de poder.
Con frecuencia se traducen en temas abordables, “políticamente
correctos”, como la organización
del trabajo, falta de medios, enemigos externos (la
competencia, la crisis, el cliente) o la incompetencia
de terceros, normalmente más débiles (una
secretaria).
Los estereotipos
y prejuicios son otro obstáculo importante. Las
ideas y expectativas que nos hacemos de los otros influyen
en la manera cómo interpretamos
lo que dicen o no dicen, impidiendo
la comunicación fluida y el pensamiento de equipo.
Así se van creando grupos de exclusión
a partir de un conjunto de creencias que van conformado
un pensamiento grupal limitado y poco productivo: “los
antiguos, que no quieren cambiar; los técnicos,
que saben mucho, pero no quieren compartir el conocimiento;
los innovadores, que no aceptan las normas ni la voluntad
del grupo; los que trabajan mucho, que no saben gestionar
su tiempo, las mujeres, que son tan conflictivas, los
introvertidos, que no saben comunicar...”
El mensaje positivo es que se le puede
dar la “vuelta a la tortilla”. Una vez que
comprendemos en su globalidad el entramado complejo
de relaciones y emociones, la intervención puede
llegar a ser relativamente “sencilla”, aunque
eso sí, sutil y profunda.
Igual que para aprender a nivel individual
tenemos que conseguir reevaluar nuestras convicciones,
para alcanzar el aprendizaje
profundo en un equipo tenemos que ser
capaces de reexaminar nuestras creencias compartidas
y adoptar nuevos modelos mentales que sean capaces de
generar crecimiento y acción creativa. Una intervención
de desarrollo de equipo
de dos o tres días, previo diagnóstico
y preparación en profundidad, puede conseguir
efectos sorprendentes si toca los puntos de palanca
para el cambio y se alcanza un compromiso compartido
sólido, que pueda pervivir en el tiempo.
Eso sí, el cambio
hay que facilitarlo desde fuera. Como
en el cuento del Traje del Emperador, sólo un
niño con “ojos limpios” puede decirle
a la máxima autoridad la verdad desnuda.
Los cortesanos nunca se atreverán a “poner
en evidencia lo evidente”, porque piensan, con
razón o sin ella, que su cabeza rodará.
Por eso es necesaria la intervención externa
de una persona, el consultor o coach que, sin
ser parte, pero estando cerca, ayude a entender lo que
nos sucede y a transformarnos en un equipo
conceptual y emocionalmente inteligente.
|
|