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La Alquimia en la Empresa:
del Desarrollo a la Transformación Personal
Autora: Beatriz Valderrama
Publicado en: Cinco Días – Octubre 2002

En el Laboratorio Europeo de Física de Partículas
(CERN) hace ya tiempo consiguieron convertir el plomo
en oro,
utilizando el acelerador de partículas subatómicas.
Por lo que se ve, la Piedra
Filosofal existe.
Si algo tan “duro” como
la materia puede transformarse tan sustancialmente,
cómo no va a ser posible el cambio en algo tan
versátil como somos las personas, los equipos,
las organizaciones.
Cuando decimos “Cambio”,
no nos referimos a lo que hacen los juncos, que retornan
a su posición original cuando retiramos la mano
con la que los hemos apartado. No, más bien nos
estamos refiriendo al cambio profundo, al que implica
la transformación de nuestros modos habituales
de percibir y pensar, la generación
de nuevas convicciones que nos reporten
una mirada más útil sobre la realidad
y nos abran nuevos horizontes para la acción.
Cómo decía Francisco de Quevedo: “No
cambia quien muda de estado y condición y no
de vida y costumbres”.
Y, ¿de verdad podemos cambiar
en profundidad? ¿No somos tan densos y apagados
como el plomo? ¿No nos pesa tanto el lastre de
nuestra historia? ¿Dónde podemos encontrar
nuestro “acelerador”? ¿Quién
será nuestro alquimista?
A veces los mensajes más profundos
y que más impacto tienen en nuestras vidas los
aprendemos del humor, cuando dejamos de tomarnos en
serio y nos relajamos con un chiste: “¿Cuántos
consultores/psicólogos/coaches se necesitan para
cambiar una bombilla? Sólo uno, pero la bombilla
tiene que querer cambiar”
Esta es una lección que podemos
aprender de nuestra experiencia las personas que pretendemos
cambiar o ayudar a otros a que cambien, aprendan o desarrollen
su talento, que en definitiva son sinónimos:
el cambio sólo
surge desde dentro. No podemos cambiar
a otros. Sólo podemos actuar como catalizadores
que despierten su motivación para cambiar y su
confianza en que tienen capacidad para hacerlo.
De la
búsqueda al desarrollo del talento:
“Yo no busco. Encuentro”,
decía Picasso. Los especialistas en identificación
del talento oculto, allá dónde
se encuentre (intra o extramuros de la organización),
disfrutamos cuando encontramos en nuestro camino piedras
deslustradas, sin aparente valor, que resultan ser verdaderos
diamantes en bruto. Estos hallazgos felices nos indican
que, con demasiada frecuencia, estamos desperdiciando
el talento en las organizaciones por las innumerables
barreras que en el día a día entre todos
vamos creando.
¿Qué podemos hacer para
desarrollar esos talentos individuales que hemos identificado
y que están “silenciosos y cubiertos de
polvo”, como el arpa de Bécquer, esperando
que una mano los toque y les diga: “Levántate
y anda”?.
Si queremos convertir el plomo en oro
(en realidad simplemente soplar la capa de polvo), lo
primero que hemos de hacer es proyectar nuestra mirada
sobre las personas que queremos desarrollar, iluminarlas
con nuestras expectativas
positivas, alumbrar la confianza en
sus capacidades. Este es el llamado Efecto
Pigmalión (héroe griego
que se enamoró con tanta pasión de la
estatua de Venus que había esculpido, que ésta
cobró vida). “Si crees que puedes, puedes”.
Este es el mensaje que transmiten los buenos “coaches”
que, con su impacto transformador, a veces parecen verdaderos
magos o alquimistas.
"El verdadero conocimiento
es conocer la medida de la propia ignorancia",
nos enseña Confucio. “Sólo sé
que no sé nada”, añade nuestro
Sócrates. Filosofía oriental y occidental
insisten en la importancia de hacernos conscientes
de nuestra incompetencia para poder
aprender y mejorar. No hay mayor barrera al aprendizaje
que la prepotencia.
Para cambiar es imprescindible conocerse,
comprenderse, identificar nuestros recursos y nuestras
lagunas, saber qué nos motiva, qué teclas
se necesitan tocar en nosotros para conseguir una melodía
armoniosa. Para ello nos pueden servir de ayuda las
diversas herramientas
de diagnóstico (personalidad,
motivos, estilos) y de evaluación
de competencias (comportamientos), así
como el feedback
del coach o de nuestro entorno laboral (llamado 360º,
en donde los jefes, colegas y colaboradores nos ofrecen
su percepción).
Una vez que nos hacemos conscientes
de lo que nos falta por aprender y reconocemos la necesidad
de cambiar es cuando estamos en condiciones de utilizar
las distintas herramientas
para facilitar el aprendizaje, en función
de los estilos
y preferencias de cada uno. Desde acciones de formación
en grupo
al desarrollo guiado por un mentor
(dentro de la organización) o de un coach
externo, sin olvidarnos del autodesarrollo,
para el que también existen Guías
que nos ofrecen sugerencias pautadas de actividades
para realizar en el puesto, así como lecturas,
vídeos y otros recursos para ampliar nuestro
campo de reflexión o de acción.
A partir de ahí es donde entran
en juego competencias
emocionales importantes, como la persistencia
y la tolerancia a la frustración,
que nos capacitan para insistir en la práctica
de los nuevos comportamientos
y pensamientos hasta incorporarlos en nuestro repertorio,
convertidos en hábitos, lo que nos permite manifestarlos
espontáneamente. Y así cerramos el círculo
del aprendizaje profundo. Aristóteles lo dice
muy bien: "Somos lo que hacemos constantemente.
La excelencia, pues, no es una acción; es un
hábito",
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